Esta disposición a asumir la culpa por las amenazas a nuestro medio ambiente es engañosamente tranquilizadora: nos gusta ser culpables, ya que, si lo somos, todo depende de nosotros. Manejamos los hilos de la catástrofe, para poder salvarnos simplemente cambiando nuestras vidas. Lo que realmente nos cuesta aceptar (al menos en Occidente) es que nos veamos reducidos al papel de un observador pasivo que se sienta a observar cuál será nuestro destino. Para evitar esta impotencia, nos involucramos en actividades frenéticas y obsesivas. Reciclamos papel viejo, compramos alimentos orgánicos, instalamos bombillas de larga duración, lo que sea, solo para estar seguros de que estamos haciendo algo. Hacemos nuestra contribución individual como el aficionado al fútbol que anima a su equipo frente a una pantalla de televisión en casa, gritando y saltando de su asiento, creyendo que esto de alguna manera influirá en el resultado del partido.

- Slavoj Zizek